La última batalla de Catilina
Amanece fuera de Roma. Lucio Sergio Catilina encabeza un ejército rebelde condenado—rodeado, superado en número, pero sin rendirse.

Unknown — "Plasma ring stone" (ca. 1st century BCE–3rd century CE), public domain
Acorralados en la niebla.
En el 62 a.C., tras meses de conspiración, el ejército improvisado de Catilina acampó en las frías colinas al norte de Roma. Había prometido revolución, pero el Senado lo tachó de traidor. Cuando llegó la batalla final en Pistoria, Catilina se negó a huir. Se puso la armadura y ordenó una última carga desesperada.
Una muerte digna de una República.
Sallustio cuenta que Catilina cayó luchando en primera línea, su cadáver rodeado de amigos y enemigos. Nadie huyó. Todos murieron en su sitio. Roma aprendió lo fácil que era que unos pocos, sin nada que perder, sacudieran la ciudad hasta sus cimientos.
El intento desesperado de Catilina por tomar el poder terminó en una última y furiosa resistencia—una explosión de violencia que obligó a Roma a mirar de frente lo frágil que era su República.