Las Legiones Perdidas de Roma en Carrhae
Un ejército romano se esfumó bajo el sol de Mesopotamia—miles perdidos, sus águilas doradas enterradas en la arena.

Jean-Baptiste Greuze — "Broken Eggs" (1756), public domain
Marchando hacia lo desconocido.
En el 53 a.C., Marco Licinio Craso—uno de los tíos más forrados de Roma—llevó a su ejército a las llanuras planísimas y abrasadas de Partia. Ignoró todas las advertencias sobre la caballería parta y empujó a sus hombres con promesas de botín a saco.
Desastre en el polvo.
Los partos atacaron con golpes relámpago. Las formaciones romanas se vinieron abajo bajo nubes de flechas y caballos chillando. El hijo de Craso cayó el primero. Craso fue engañado para negociar y lo mataron—su cabeza acabó como trofeo ante el rey parto.
Un imperio humillado.
Los romanos perdieron 20.000 hombres. Sus estandartes sagrados, las águilas legionarias, fueron llevadas al este—una humillación tan brutal que Augusto convirtió su recuperación en una obsesión nacional. Para Roma, el desierto se quedó con sus muertos.
Crasso llevó siete legiones al fondo de Partia soñando con la gloria. Pero su flipada acabó en desastre, y el orgullo romano fue pisoteado por cascos y flechas—una herida abierta durante generaciones.