Veturia se enfrenta a Coriolano
Una madre romana entró al campamento de su hijo—y lo convenció de no prenderle fuego a Roma.

Paul Gauguin — "Ia Orana Maria (Hail Mary)" (1891), public domain
Una madre entre Roma y la ruina.
Coriolano, héroe romano exiliado, volvió al frente de un ejército enemigo—listo para arrasar la ciudad que lo traicionó. Ni senadores ni sacerdotes lograron convencerlo. Pero cuando su madre, Veturia, y su esposa aparecieron en su campamento, todo el ejército contuvo el aliento.
Lágrimas que frenan una invasión.
Veturia se arrodilló ante su hijo. Lloró, suplicándole que salvara Roma o la matara a ella primero. Coriolano, temblando, se quebró delante de su madre y de los volscos—y con un solo gesto mandó a su ejército de vuelta. Roma se salvó, pero Coriolano desapareció de la historia.
Una voz salvó una ciudad.
Para los romanos, Veturia se volvió leyenda—el ejemplo de una mujer capaz de doblar el acero con dolor y palabras. Plutarco, escéptico, apunta que hasta los soldados más duros lloraron con su discurso. A veces, salvar una ciudad es cuestión de que alguien se atreva a suplicar.
A veces la historia depende de una sola conversación privada—que Livio y Plutarco dejaron por escrito—donde las palabras de una madre salvaron a su ciudad de la destrucción.