¿Decidía la multitud el destino de los gladiadores?
Cuando un gladiador caía, la multitud no rugía pidiendo sangre ni decidía con el pulgar arriba o abajo. La decisión real venía de otro lado.

Unknown — "Cameo: Head of a Woman" (1–100 CE), CC0
¿La multitud pide muerte—o no?
Nos imaginamos a la multitud romana gritando por sangre mientras un gladiador herido espera su destino. Las películas convierten cada arena en una encuesta en vivo: pulgar arriba para piedad, abajo para muerte. La verdad es mucho menos democrática.
¿Quién tenía el poder real?
El editor—el patrocinador de los juegos, normalmente un alto magistrado o el emperador—decidía quién vivía o moría. A veces la multitud influía, pero el dinero y el prestigio contaban igual o más. Los mejores luchadores eran inversiones valiosas, no simple carne de espectáculo.
¿Cómo nació el mito?
A los artistas del Renacimiento les encantaba el drama de la justicia popular. Hollywood lo hizo viral. Pero escritores como Suetonio y relieves antiguos lo dejan claro: las decisiones reales venían de arriba, no de las gradas.
La última palabra la tenía el editor—el patrocinador de los juegos, a menudo magistrado o emperador—no la multitud. La vida de los gladiadores dependía a veces del dinero, la destreza y el humor del que mandaba, no de los gritos del público.