El asesinato de Druso y la lengua de plata de Jugurta
Un tribuno romano cae muerto en el umbral de su casa—el asesino nunca apareció, pero la calle aún lleva su nombre.

Duccio di Buoninsegna — "Madonna and Child" (ca. 1290–1300), public domain
Un cadáver en las escaleras.
En el 91 a.C., el tribuno Marco Livio Druso salió de su casa romana y lo esperaba una hoja afilada. Lo apuñalaron, logró volver tambaleando al interior y murió llamando a su madre. El asesino se esfumó entre la multitud. Nunca atraparon a nadie.
Un Senado dividido, una ciudad maldita.
Druso intentó dar ciudadanía a los aliados italianos de Roma—y desató la furia de todos los bandos. Los viejos enemigos susurraban que la maldición del rey Jugurta seguía sobre Roma: "La ciudad será vendida y perecerá, si encuentra comprador." Su muerte lanzó a la República a la Guerra Social, arrancando el corazón de Italia.
La calle no olvida.
Jamás encontraron al asesino. Pero durante siglos, los romanos llamaron a esa calle el ‘Vico Scelerato’—la Calle del Crimen. A veces, la ciudad tarda más en olvidar que en perdonar.
Druso luchó por dar ciudadanía a los italianos—y terminó víctima de una daga. Durante generaciones, la ciudad susurró sobre la maldición de un rey.