La Noche que Alejandro Quemó Persépolis
Alejandro levanta su copa—y prende fuego a la capital persa en una noche de furia borracha.

Gustave Moreau — "Oedipus and the Sphinx" (1864), public domain
Fuego en el corazón de Persia.
En un banquete de victoria pasado de copas en Persépolis, Alejandro y sus compañeros alzan sus vasos entre columnas doradas y tapices brillantes. De pronto, entre vino y rabia, una cortesana llamada Taís lo incita a vengar el incendio persa de Atenas. Esa noche, las antorchas vuelan. Las llamas rugen en los grandes salones.
Ruinas al amanecer.
Al alba, la capital persa humea. Esculturas invaluables y vigas de cedro se desmoronan entre cenizas. Algunos griegos aplauden—venganza por Jerjes. Otros, viendo morir la ciudad, sienten un escalofrío de arrepentimiento. El propio Alejandro queda de pie entre las ruinas, atónito ante la magnitud de su violencia.
Cuando la venganza sabe a ceniza.
El incendio de Persépolis fue símbolo y error a la vez. Alejandro destruyó el corazón del imperio que ahora gobernaba—y borró un centro de arte y saber de siglos. La sombra de esa noche lo persiguió hasta el final de su vida.
La destrucción de Persépolis fue mitad fiesta, mitad venganza. Pero cuando se le pasó la borrachera, Alejandro entendió que había arrasado una maravilla del mundo—y la capital que pensaba gobernar.