Espejos griegos: bronce, no cristal
Una mujer griega se mira en su espejo—y se ve, pero no del todo. Su reflejo le devuelve la mirada desde el bronce pulido, tenue y amarillento, nunca nítido.

Unknown — "Lead figure, possibly of a skeleton" (possibly 4th century BCE), public domain
Un espejo, pero nunca nítido.
Una mujer griega se mira en su espejo—y se ve, pero no del todo. Su reflejo le devuelve la mirada desde el bronce pulido, tenue y amarillento, nunca definido.
Nada de cristal, solo bronce pulido.
Los espejos griegos eran discos de bronce pulido, no de cristal. Los arqueólogos los recuperan por docenas—mangos rotos, caras opacas. La imagen: borrosa, cálida y nada parecida a la nitidez moderna.
El cristal llega siglos después.
Los espejos de cristal solo aparecen en la época romana tardía, y solo los más ricos podían permitírselos. Durante casi toda la Antigüedad, verse a uno mismo era mirar metal—y aprender a rellenar los detalles.
Los espejos griegos eran discos de bronce pulido, no de cristal. Los arqueólogos los encuentran en tumbas, con los mangos rotos y las superficies rayadas por siglos bajo tierra. Las imágenes eran borrosas y cálidas—nada que ver con la claridad del vidrio moderno. No fue hasta la época romana que aparecieron los espejos de cristal, y aun así, solo los más ricos podían pagarlos.