Átalo III: El rey que dejó su reino a Roma
Pasaba los días no en la corte, sino diseccionando serpientes y preparando venenos en su jardín.

Unknown — "Gold earrings with disk and boat-shaped pendant" (ca. 300 BCE), public domain
Rey en el jardín, no en el palacio
Átalo III gobernaba Pérgamo, pero prefería la soledad. Se escondía de los asuntos de Estado, cuidando plantas venenosas y experimentando con disecciones de animales. En la corte murmuraban que un rey que hablaba con sus plantas los iba a condenar a todos.
Ciencia antes que trono
Mientras los rivales de Pérgamo conspiraban, Átalo diseccionaba cobras buscando nuevos venenos. Dejó la política a la deriva, ignoró a su consejo y escribió tratados de medicina. Ningún rey griego pareció menos interesado en conservar su reino.
Un reino firmado y entregado
En su lecho de muerte, en 133 a.C., Átalo dejó Pérgamo no a un heredero, sino al pueblo romano. Esa firma lo cambió todo—la obsesión callada de un rey científico le entregó a Roma el mayor tesoro de Asia Menor.
Átalo III de Pérgamo, heredero de una dinastía de reyes guerreros, le dio la espalda a la política. Dejó que su reino se pudriera mientras él se obsesionaba con la química y la anatomía—y luego sorprendió a todos regalando su país, en el testamento, a la República romana.