Antígono Monóftalmos: El último rey tuerto
Perdió un ojo en batalla pero nunca parpadeó ante la traición—ni siquiera la de su propio hijo.

Unknown — "Marble head of a Ptolemaic queen" (ca. 270–250 BCE), public domain
Tuerto, pero nunca superado
Cuando Antígono perdió el ojo por una piedra de catapulta, no se retiró. Redobló la apuesta—cabalgando a la batalla medio ciego, con una mueca tan feroz que sus propios soldados lo llamaban tormenta. No confiaba en casi nadie, ni en la familia.
Imperio de arena y acero
Tras la muerte de Alejandro Magno, su imperio se hizo trizas. Antígono trepó hasta la cima, encajando alianzas, traiciones y guerras sin fin. Gobernó más tierras que cualquier otro diádocos—hasta que su propio hijo lo abandonó y sus enemigos se unieron en Ipsos.
El último rey de la estirpe de gigantes
Antígono murió con la espada en la mano, a los ochenta años—reliquia de una época en que los generales eran reyes. Su muerte cerró el sueño de reunir el mundo de Alejandro.
Antígono el Tuerto sobrevivió a rivales, armó un imperio con las sobras de Alejandro y aguantó motines con media sonrisa. A los ochenta, seguía luchando en primera línea—hasta que dos ejércitos lo aplastaron, liderados por antiguos amigos. En el mundo helenístico, el legado no era lealtad, sino pura supervivencia.