El sacrificio de Ifigenia
Un rey atrajo a su propia hija al altar con la promesa de boda—y él mismo levantó el cuchillo.

Charles Le Brun — "The Jabach Family" (ca. 1660), public domain
La elección imposible de un padre.
Los vientos se negaban a inflar las velas griegas en Áulide. El sacerdote sentenció que solo una cosa calmaría a Artemisa—Agamenón debía sacrificar a su hija, Ifigenia. La llamó al campamento, prometiéndole boda con Aquiles.
Sangre, no velo nupcial.
Ifigenia llegó vestida para casarse. Se dio cuenta demasiado tarde de lo que le esperaba. El cuchillo cayó. Algunos dicen que Artemisa tuvo piedad y la rescató en el último segundo. Otros aseguran que la sangre sí manchó la tierra.
Una maldición desatada.
Este acto destrozó a la familia de Agamenón. La reina Clitemnestra nunca lo perdonó. Cuando el rey volvió de Troya, ella lo recibió con un hacha. La tragedia griega nunca deja que un solo crimen muera con una generación.
La decisión de Agamenón de sacrificar a Ifigenia desató una maldición que persiguió a su linaje durante generaciones—un eco antiguo de cómo el destino puede girar en un instante de pánico y poder.