La Muerte de Sócrates
Sócrates bebe una copa de cicuta—tranquilo, rodeado de amigos que lloran.

Antoine Denis Chaudet — "Belisarius and His Guide" (1794), public domain
Una copa, una condena, el final.
En el 399 a.C., Sócrates está sentado en una prisión ateniense. Sus amigos le suplican que escape. Él se niega. Cuando le entregan la copa de cicuta, Sócrates la lleva a sus labios—sin temblar.
La muerte como última lección.
Según cuenta Platón, Sócrates pasa sus últimos momentos hablando sobre la inmortalidad del alma, razonando hasta que el veneno le llega al corazón. Mientras sus amigos se derrumban, él los regaña por su dolor—y solo pide que ofrezcan un gallo a Asclepio, como si la muerte fuera una cura.
Una muerte que Atenas nunca olvidó.
Lo vieron morir despacio, el cuerpo entumeciéndose. Su negativa a huir convirtió la ejecución en filosofía—y una sentencia pensada para silenciarlo en uno de los ecos más fuertes de la historia.
Sócrates pasó sus últimas horas hablando del alma, consolando a sus seguidores y murió no con miedo, sino con una calma desafiante.