El saqueo de Corinto
Corinto brillaba de riquezas—hasta que las legiones romanas la redujeron a cenizas en un solo día.

Bartolomé Estebán Murillo — "Don Andrés de Andrade y la Cal" (ca. 1665–72), public domain
Una ciudad antigua borrada de la noche a la mañana.
En el 146 a.C., tras una última y desesperada revuelta griega contra el dominio romano, las legiones asaltaron Corinto—una de las ciudades más ricas del mundo griego. Lo que siguió fue un saqueo sistemático: templos saqueados, hombres masacrados, mujeres y niños vendidos como esclavos.
Una advertencia grabada en fuego.
El comandante romano Mummio ordenó que la ciudad fuera incendiada hasta los cimientos. Barcos cargados de tesoros zarparon hacia Roma, deslumbrando a las multitudes en las calles. Durante los siguientes cien años, el viejo corazón de Corinto permaneció desierto: una amenaza silenciosa para cualquier ciudad que osara desafiar a Roma.
La destrucción de Corinto en el 146 a.C. fue el brutal mensaje de Roma para toda Grecia: la resistencia se pagaría con la ruina absoluta. La ciudad quedó como un cascarón vacío durante un siglo—su arte y su oro desfilaron por Roma como botín.