El colapso del Pons Sublicius
Un puente romano cruje mientras el enemigo carga—el destino de la ciudad colgado de vigas de madera y un instante de coraje.

Caravaggio (Michelangelo Merisi) — "The Musicians" (1597), public domain
Una ciudad al borde del abismo.
Es el año 508 a.C. El rey etrusco Lars Porsena avanza hacia Roma—sus hombres ya invaden la orilla del río. Entre la ciudad y el desastre solo queda el puente de madera, el Pons Sublicius. Las vigas tiemblan y el pánico corre entre las filas romanas.
Tres hombres, una resistencia.
Mientras la mayoría huye, Horacio Cocles y dos compañeros se plantan en la entrada del puente. Lluvia de flechas. Lanzas que parten la noche. Los demás defensores cortan el puente por detrás. Horacio ordena a sus amigos que se retiren y se queda solo, aguantando el asalto—ganando justo el tiempo necesario.
Nadar o morir.
Cuando el puente cae al río, Horacio se lanza al agua, con armadura y todo. Sale a la superficie, magullado y jadeando, mientras los etruscos gritan de rabia. Roma sobrevive un día más—no por sus muros ni sus armas, sino porque tres hombres dijeron que no.
Cuando el Pons Sublicius empezó a resquebrajarse, Horacio y dos compañeros se plantaron para que los romanos pudieran destruir el puente—tres hombres frenando a un ejército el tiempo justo para salvar la ciudad.