Antígono Monóftalmo: el estratega de un solo ojo
En plena reunión de guerra, Antígono clava su único ojo en los generales—ya perdió el otro en batalla, y dicen que duerme con un escudo por almohada.
Un rey con un ojo y cero miedo
Antígono se planta ante el mapa, el ojo izquierdo perdido, el derecho afilado como un halcón. Planea en silencio, rodeado de hombres con la mitad de su edad y el doble de cautela. Nadie se atreve a compadecerlo—es el último superviviente de la generación de Alejandro.
Poder en un mundo hecho trizas
Tras la muerte de Alejandro, el imperio se hace pedazos y Antígono se talla su propio reino a base de fuerza y astucia. Manda mercenarios y a sus hijos, empuja fronteras de Asia Menor a Siria, luchando un año contra amigos y al siguiente con aliados. Las cicatrices son el precio de la ambición.
El legado del león tuerto
Muere en batalla ya viejo—con la armadura puesta, dando órdenes hasta el final. Sus enemigos lo llaman tirano, sus seguidores rey, pero todos coinciden: Antígono nunca deja de vigilar, ni con un solo ojo.
Sobrevive a sus rivales porque ve lo que otros no: las lealtades, las grietas en el ejército. La leyenda dice que enseñó a su hijo Demetrio a no confiar en nadie—ni en la familia. Su único ojo nunca parpadea.