Alejandro coronado faraón en Egipto
Alejandro Magno entra en Egipto—y los sacerdotes lo aclaman faraón sin que corra una gota de sangre.

David — "The Death of Socrates" (1787), public domain
Ni una espada desenvainada en el Nilo.
En el 332 a.C., tras años de conquista imparable, Alejandro llegó a Egipto. Todos esperaban ciudades quemadas y ríos de sangre—pero las puertas se abrieron de par en par. El sátrapa persa huyó. Los sacerdotes egipcios recibieron al macedonio en la escalinata del templo y lo coronaron faraón, el nuevo dios viviente.
Un dios nacido en una tarde.
Los egipcios jugaron sus cartas con cuidado. Al abrazar a Alejandro como hijo de los dioses, mantuvieron sus templos en pie y a su pueblo a salvo. Alejandro, a cambio, ganó un legado: faraón, libertador y un rey que no tuvo que disparar una sola flecha para gobernar un reino.
En un solo día, Alejandro tomó Egipto sin violencia, ganó la lealtad de su gente y fue declarado dios. A veces, la mayor conquista es saber cuándo no pelear.